miércoles, 25 de agosto de 2010

La grúa Carola.




A ras de cielo, con los pies en la tierra, se levanta un recuerdo de corazón forjado en metal como pocas veces se ve en nuestra tierra. En Bilbao, precediendo las siluetas fantasmas de vetustas industrias dedicadas otrora al mar, se impone una grúa portuaria con nombre de mujer y piel bermeja.

Hay detrás de ese nombre una historia anecdótica de suspiros. Simpática jácara que loa la belleza alegre de una joven. Ahora queda una grúa de cincuenta y nueve metros de altura, nacida en 1954.

Por aquella época se sucedían los avances en la construcción naviera que hizo necesario el uso de grúas más potentes y con capacidad más pesada (las llamadas grúas “cigüeña”). Sobre todo cuando por entonces ya se empezaba a soldar en tierra en lugar de usar los roblones para construir los cascos de los buques de hierro. Una grúa con nombre femenino, como era costumbre, fue la primera y más poderosa en España, construida para estas necesidades técnicas. Se llama Carola y vive en Bilbao.

Lo romántico, ya legendario, es la belleza ausente. En vida de Carola, la férrea dama de la ría de Bilbao, el trajín era incesante. Orillas con industrias y casas sombreando las aguas. Desde tempranas horas, un sonido martilleado componía la serenata de un mundo marino en constante crecimiento. Pero a la vez turbio, oscuro y mojado, negro gris repantigado en las nubes, denso en invierno para dar paso a un eterno remanso en nuestros días.

Dicen de entonces, que todas las tardes atravesaba la Ría bilbaína, en el bote de pasaje de la Misericordia, una joven de gran belleza. Tal era su gracia por los dioses concedida, que el tiempo se paraba y el martillo de las manos, daba paso al del corazón de los trabajadores, que se subían a la grúa para verla mejor y piropearla. La joven, se llamaba Carola. Y por ella, se bautizó a la que hubiese sido un simple instrumento más del progreso industrial, para convertirla en la mayor lisonja que se puede dispensar a una mujer. La eterna presencia de una belleza, que por unos momentos, alegraba el soniquete fabril de los trabajadores del mar.

Ahora, pasamos ante ella, cerca de la antigua casa de bombas del astillero, y miramos alto, mientras quizás buscamos un espectro alojado en los recuerdos de esos hombres, que a buen seguro nunca olvidarán, ni a la joven encantadora de corazones, ni a la hábil artesana de piel metálica.



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